- Tienes una cara muy dulce. Quiero morderte las mejillas.
- Yo quiero reventarte la cara. Quiero coger un mazo y aplastarte la cara de lo preciosa que es.
Un sábado en casa. No pasa nada. El siguiente será mejor. Carla apunta: "fue un sábado guay".

Efectivamente, así era. Calles estrecas, empedradas y flanqueadas por edificios antiguos pintados de colores que, en su día debieron de ser increíblemente vivos, y que hoy lucen con resignación colores ligeramente apagados, moteados por las grietas y la oscura madera ya abandonada. Aquí se suceden los puestos de crepes, las tiendecillas de artesanía, de libros prohibidos y los callejones secretos. Pero también las cafeterías increíblemente caras y los turistas, como nosotros, a los que no les importa la lluvia para abarrotar estas mágicas losas de piedra. Tras tomar un café creme en una de esas caras cafeterías, volvimos a la residencia para cambiarnos. Habíamos quedado para salir con otra chica española, que a su vez había quedado con otra gente Erasmus. Al final acabamos en la habitación de unas chicas inglesas, cuyos nombres no recuerdo, bebiendo calimocho en copitas de cognac, escuchando extraño house que era de vez en cuando interrumpido por algún que otro temazo.
Cuando ya íbamos más o menos bien, nos movimos hasta otra fiesta. Esta vez era en un piso. Quiero decir. En EL piso. Un lugar en el que todos desearíamos vivir, ya sea en Lyon, Madrid, Santander o Antigua y Barbuda. 
Espacioso, de techos altos, pintado de naranja, con habitaciones gigantescas, una gran barra americana y unas vistas espectaculares encima del Rhone.
Pasado el primer estupor, nos dimos cuenta que la fiesta estaba llegando a su fin allí. No había música. No había alcohol. La gente estaba muy borracha, y nosotros no sabíamos que hacer. Así que convencimos a las inglesas para ir a otro lugar. Y nos llevaron, por fin, a uno de esos barcos-pubs que tanto molaban. Llegamos hasta el barco, uno grande, lujoso, negro con luces fashionísimas. No nos habíamos ni acercado a la puerta cuando el segurata ( cortado bajo el patrón internacional de gorila de puerta) nos dijo: "C'est une fête privée". Abofeteados por la evidencia, observamos que al lado de este gran barco había uno chiquito, con poca gente y de aspecto cutre. Aquí, pudimos entrar. Cual fue nuestra sorpresa al bajar hasta el camarote cuando descubrimos una gran pista de baile petada de gente que bailaba como locos tektonik (creemos). Tras estar aquí un buen rato, decidimos que la fauna extraña de este barco era demasiado para nosotros, y decidimos volver a la resi.
